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Mirar la ceremonia de la entrega de los
Oscars es una obligación para los críticos de cine de aquí y del mundo. Es el
“non plus ultra” con sus altibajos de esta actividad que realizamos. En esta
oportunidad, la del 15 de marzo pasado, empezó tres horas antes por las amenazas
recibidas. Tengamos en cuenta que entre nuestro país y California hay 5 horas de
diferencia.
Hubo algunas perlitas si bien los premios a las mejores películas fueron
previsibles: Mejor película del año fue Un golpe tras otro. A nadie se le
hubiese ocurrido pensar en la muy bella “Sueños de trenes” o en el drama español
“Sirat”. En ese film del director Paul Anderson estaba la crítica al gobierno
republicano de Trump que se necesitaba. Y el premio al mejor actor de reparto
fue coherente: Sean Penn, un militar mafioso. Cualquier relación con la
realidad, pura coincidencia… A nivel internacional, el premio recayó en El valor
sentimental, un film de marca mayor de origen noruego.
Haciendo una rápida síntesis, llamó la atención en In Memoriam primero su
irrupción sin mediar presentación. Así como la ausencia en el mismo de Brigitte
Bardot y la exegesis como femme fatal y actriz de Claudia Cardinale, belleza
innegable relacionada con los directores del neorrealismo italiano más que con
los exaltadores de la belleza femenina. Al mismo tiempo, en ese bloque, apareció
la maravillosa Barbra Streisand rindiéndole un homenaje a su gran amigo y amor
Robert Redford, para quien entonó algunos compases, a sus 83 años, de The way we
were, el film que los reunió (hacia 7 años que Streisand no iba a esta
ceremonia). Redford fue uno de los principales impulsores del cine independiente
a través de la creación del festival en Utah, donde vivía, del que surgieron,
entre otros, Quentin Tarantino o John Turturro.
En materia musical, este año pudo verse en plenitud a la magnífica orquesta que
se arma para esta ceremonia si bien las bandas sonoras no fueron espléndidas y
no emocionaron como en otras oportunidades (podría decirse que la ausencia de un
John Williams por edad fue notable).
En cuanto a la mejor actriz, la irlandesa Jessie Buckley le dio el primer Oscar
a su país por su magnífico rol de la sufrida esposa del gran William
Shakespeare. La secuencia final de “Hamnet” es desgarradora. También pareció
coherente el premio al mejor actor que recayó en Michel B. Jordan, quien compuso
a gemelos en el film Sinners, gran favorita por extravagancia de Hollywood más
que por valores irrefutables. Pero dejaron “pagando” a una dramática actuaciòn
de Leonardo Di Caprio, notable también. Jordan llamó la atención, y actuó bien.
Sin la garra de Di Caprio, por supuesto.
Los discursos políticos, que eran tan esperados en una comunidad cinematográfica
más demócrata que republicana y con un gobernador de California que amenazó al
presidente Trump con reanexarse a México, surgieron de los extranjeros: apenas
alguna alusión del conductor, pero la voz del español Javier Bardem se hizo
sentir así como la del director noruego ganador en el rubro documental.
Como perlitas chismosas, podemos decir que la aparición de Barbra Streisand con
un cabello desprolijo, como recién lavado y con anteojos de soporte amarillo,
fue realmente lamentable. Especialmente por tratarse de ella. Respecto de la
ausencia de Sean Penn, no debe llamar la atención. Es una costumbre de algunos
actores y directores muy rebeldes. En 1973, el gran Marlon Brando no asistió a
la ceremonia donde se le iba a dar su segundo Oscar por su creación de Don
Corleone y en su lugar envió a una representante indígena, así como Woody Allen
no se dio por enterado y optó por tocar el clarinete en el Up de Manhattan antes
que ver la cara de sus colegas las cuatro veces que obtuvo un Oscar, uno como
director por Annie Hall, y los tres restantes como mejor guion original (Annie
Hall, Hannah y sus hermanas en 1987 y Medianoche y sus hermanas, en 1987).
Dos films muy aplaudidos quedaron en el camino: uno fue Sinners, que, de haber
ganado como mejor película, hubiese sido la aceptación de Hollywood de su
apartheid a la comunidad afroamericana que, sottovoce, subsiste. El otro fue
Frankestein, del gran Guillermo del Toro. Ganó en tres rubros técnicos y fue
correcto porque es donde puso énfasis el notable director. Esto es tan así que
más que desarrollar el personaje de Frankestein, hizo un film paralelo mostrando
los avances tecnológicos para la filmación.
Hubo musicales. El comienzo con Josh Groban tuvo fuerza, El resto, y esto se
debe a las partituras existentes, fue bueno pero sin trascendencia.
Por eso resaltamos la ceremonia de los premios Goya donde se ingeniaron muy bien
al hacer “trabajar” a la pareja conductora en la animación musical.
Por sobre todas las cosas, los premios Oscars cierran la temporada de
premiaciones de cada año. Y tienen el condimento de este tipo de ceremonias a
las que siempre se les exige agilización, ritmo: hay nominados y entregas de
estatuillas. Que de eso se tratan las premiaciones.
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