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El tango se convirtió en la razón
de nuestras vidas
a partir de la irrupción del Octeto Buenos Aires, a fines de 1955.
Papá, José Bragato, y Astor Piazzolla
iniciaron una de las más conmovedores amistades del mundo musical
en el que fueron entremezclándose familias, viajes, hijos y
ausencias.
Vivimos, desde entonces, al compás de un tango profundo y frenético
a la vez.
Lo que no había ocurrido con muchos otros músicos que transitaron
por nuestra casa paterna sucedería con la vanguardia del tango.
Papá ha mantenido una lealtad a prueba de todo por Astor Piazzolla,
el hermano que la vida le dio. Dejó la dirección orquestal
y se dedicó a generar otra música con Astor, a copiar sus trabajos,
a difundir su música a través de sus magníficos arreglos
camarísticos.
Admiro su talento y su entrega. Mientras todo esto ocurría, mamá,
mi hermana y yo asistíamos a una fiesta tanguera que no tendría el
final que esperábamos
y que fue entretejiéndose con cada paso que dábamos: todo pareció
estar marcado
por el destino. Soledades y dos por cuatro en estas anécdotas
de entrecasa |